DOMINGO

Los domingos por la mañana solían ser su refugio, aunque ya nada lo era del todo. Se levantaba temprano, con el cuerpo cansado y la mente aún más. Ponía la pava para unos mates y, en la espera, encendía un cigarrillo. Se acomodaba en su rincón de siempre, junto a la ventana, con la mirada clavada en el árbol seco del otro lado del vidrio.

¿Qué tenía ese árbol? ¿Por qué lo miraba tanto? Quizás se veía reflejado en él: solitario, inerte, vacío.

El humo del cigarro flotaba en el aire, denso y lento, igual que los pensamientos que lo atormentaban. Durante esos minutos, dejaba de huir de ellos, los dejaba entrar. Y ahí estaba ella. Siempre ella. La extrañaba. Más de lo que estaba dispuesto a admitir. Quería saber de ella, llamarla, escuchar su voz. Pero no lo haría. Su orgullo pesaba más que su deseo.

Ella lo había herido. Lo había traicionado. Se había llevado consigo no solo su amor, sino la vida que habían construido juntos, los planes, las promesas. Y, de alguna manera, también se lo llevó a él. Porque después de ella, ya no volvería a ser el mismo. ¿Cómo se sigue después de eso?

A kilómetros de distancia, ella despertaba con el mismo vacío en el pecho. Pero a diferencia de él, no se permitía las mañanas. Dormir hasta tarde era su forma de acortar el dolor, de hacer que las horas pasaran sin sentirlas.

Cuando finalmente se levantó, preparó unos mates y salió. No podía quedarse en casa, los recuerdos la devoraban. Sin pensarlo demasiado, manejó hasta aquel lugar que él le había mostrado, el que solía ser de los dos.

Al llegar, apagó el motor y se quedó ahí, mirando el río. El viento dibujaba pequeñas ondas en la superficie, y por un instante creyó que la calma que buscaba estaba ahí, en ese movimiento. Pero la calma nunca duraba.

Se refugió en sus libros, como siempre hacía. Entre sus páginas podía dejar de ser ella, podía perderse en otras historias, en otros dolores que no fueran los suyos. A veces se encontraba en ellos. Otras veces, solo quería desaparecer. Dejar de sentir.

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