Serendipity

Recién termino de ver Serendipity. Es una película sobre dos personas que se conocen por casualidad en Nueva York. Se cruzan en una tienda, comparten una conversación simple, y de pronto sienten algo difícil de explicar: una conexión instantánea.

Pero en lugar de intercambiar números y asegurarse de volver a verse, deciden dejar su futuro en manos del destino. Ella escribe su número en un libro y lo vende. Él lo anota en un billete de cinco dólares y lo pone en circulación. Si esos objetos, de alguna forma improbable, regresan a ellos… será la señal de que están destinados a estar juntos.

Años después, ambos intentan seguir con sus vidas. Se comprometen con otras personas, toman decisiones, avanzan. Pero esa historia inconclusa los persigue.

Y yo sé que este tipo de películas son una fantasía.

Sé que están escritas por guionistas, diseñadas para emocionarnos, pensadas para que disfrutemos y vivamos esa ilusión durante dos horas.

Sé que la vida real no siempre funciona con señales tan claras ni con destinos tan cinematográficos.

Pero aun así… me encanta sumergirme en esas historias.

Me gusta, aunque sea por esas dos horas, permitir que la película aumente mi ilusión de que algo así puede ser real. Que el hombre de mis sueños va a aparecer y vamos a hacer clic. Que no todo es azar. Que hay un hilo invisible que conecta dos almas aunque todavía no lo sepan. Y que el destino, si existe, va a encargarse de juntarnos en el momento exacto.

Me gusta pensar que el amor puede ser eso.

Una coincidencia que no es coincidencia.

Un encuentro que estaba escrito en algún lugar, incluso antes de que nosotros supiéramos nuestros propios nombres.

Me gusta imaginar que dos caminos pueden ir en paralelo durante años, equivocándose, aprendiendo, creciendo… solo para cruzarse cuando ambos estén listos.

Creo que por eso amo tanto leer libros y ver películas románticas. No porque crea ciegamente en cada historia, no porque piense que todo sucede como en la ficción. Sino porque me permiten creer que el amor está ahí. Que existe, que no es ingenuo esperarlo, que no es tonto soñarlo, que no es infantil desear algo profundo en un mundo donde todo parece rápido, descartable y momentáneo.

Las historias románticas me recuerdan que todavía quiero un amor que se sienta como hogar. Uno que se sienta elegido.

Me gusta imaginar que un día va a aparecer el hombre con el que soñé toda la vida. No perfecto. No idealizado. Sino real, humano… pero con algo que me haga sentir que lo conozco desde antes. Y que cuando nos miremos, haya un clic. Un reconocimiento silencioso. Una calma que no necesite explicación.

Como si ambos pensáramos lo mismo: “Ah, eras vos.”

Que no haya que forzar nada, que no haya que convencer, que no haya dudas constantes. Y que él me diga que soy su elección. Que no es casualidad, que no es temporal, que no soy una opción más. Que solo conmigo.

Tal vez el “felices por siempre” no sea perfecto. Tal vez no sea de película. Tal vez tenga discusiones, días grises, inseguridades y miedos. Tal vez no haya música de fondo ni escenas épicas bajo la lluvia.

Pero qué lindo permitirse creer que existe alguien con quien incluso los días comunes tengan sentido. Alguien con quien la rutina no apague la magia. Alguien con quien el amor no sea una fantasía, sino una construcción compartida. A veces la fantasía no está para engañarnos, sino está para recordarnos lo que deseamos en el fondo. Lo que el corazón sigue esperando aunque la razón intente volverse más prudente. Y quizás no se trate de esperar pasivamente a que el destino haga todo. Quizás se trate de estar abiertos. De no endurecerse. De no dejar de creer.

Porque aunque la vida no sea una película… y no tenga guion, yo sigo eligiendo creer que el amor no es una casualidad cualquiera, que lo que es para mí, va a encontrar la forma de llegar. Y que algún día voy a mirar atrás y entender que nada fue al azar.

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